
Aprovechando los benditos días de reflexión de Semana Santa me pegué un garbeo por tierras peninsulares y como todo españolito de a pie, olvidé las obligaciones católicas y me lancé a descansar como un campeón de la vorágine diaria. Por favor, no me cataloguen de pecador por este hecho, dado que no profeso la doctrina cristiana porque nadie ha tenido la delicadeza de presentarme a Dios en persona, así que prefiero no hablar de alguien a quien no conozco ni tengo el gusto de adorar.
Lo cierto es que la celebración del 75 aniversario de la proclamación de la Segunda República española coincidió este año un viernes santo y claro está, yo no me lo iba a perder. Gracias a esta conjunción astral y llegados a ese punto, reflexioné sobre el papel de la iglesia en la vida actual y llegué a la conclusión de que en este mundo de hoy pueden convivir una y otra celebración, precisamente gracias a las bases impuestas por aquella ya lejana Constitución Republicana que sirvió de referencia a nuestra actual Constitución y no a la Santa Biblia, un millón de veces mal interpretada por la Iglesia Católica a favor de sus intereses. Sin embargo, el catolicismo se encarga de acusar a los republicanos de anarquistas quema iglesias. Creo recordar que fue Ortega y Gasset quien dijo que la violencia es necesaria en ocasiones cuando es justificada.
A nadie le es indiferente que el caciquismo doctrinado por la iglesia católica durante la dictadura de Primo de Rivera alcanzó altas cotas de intolerancia. ¿Acaso no es eso también violencia? Que se lo pregunten a Torquemada o al emperador Bush, que mata a inocentes en nombre de Dios y del imperio, Amen.
Hace ya muchos años, mi abuelo paseaba por las calles de su pueblo natal cuando vio que una señora limpiaba el suelo del portal de su casa con una bandera republicana, mi abuelo que vio morir a muchos de sus amigos a razón de defender lo que esta representaba, ofreció unas cuantas monedas a la mujer por el trozo de tela, a lo cual accedió aquella hija de la falange. Desde aquel día todos los 14 de abril, mi abuelo, a riesgo de ser detenido, paseaba la bandera tricolor desde el portal de su casa hasta la de su hermano, apenas separadas por unos 50 metros en la misma calle.
Este acto simbólico me rondó la mente durante mi viaje en tren rumbo a Valencia donde pude apreciar lo más granado de la sociedad española en un vagón de primera clase al que tuve que optar si no quería llegar a mi destino 24 horas más tarde de lo que tenia previsto. Tengo que confesar que me sentía arrepentido por haber adquirido este billete, donde se supone, dispondría de todas las comodidades posibles por 50 euros. Sin embargo me alegré cuando a las dos horas de trayecto el revisor comentó en voz alta que a nuestra llegada reclamásemos el 25% del importe porque el video no funcionaba. Mi cara se iluminó con una sonrisa aliviando la culpa por haber gastado tanto dinero, por lo menos he tenido suerte pensé, pero mi gozó se ahogó en un pozo cuando media hora después el revisor anunciaba que el video funcionaba y que ya no teníamos derecho a la devolución del importe. ¡Y una mierda! Pensé. Lógicamente al yupi sentado junto a mi lado la noticia se la trajo floja, estaba demasiado ensimismado con su copa de vermú y su lectura del ABC. Me estuve imaginando al pobre técnico, increpado por el revisor arreglando con sudor y lágrimas el caprichoso video para que la Jet-Set pudiese disfrutar del privilegio y por su puesto, para que no se sintiesen en la faena de reclamar dinero a la RENFE, menuda desfachatez para su imagen pensaría la mujer que se sentaba delante de mí y que se consolaba junto a su amiga de pasar la semana santa al sol del Levante español por no tener la oportunidad este año de presenciar la final de la Champions con su equipo del alma: El Real Madrid.
Mientras, al otro lado del vagón una señora de avanzada edad se quejaba por el lento servició que dispensaban las azafatas. Pídale el 40% del billete, pensé con ironía para mis adentros.
El reflejo de antaño sigue hoy latente. No se equivocaba Unamuno al definir la España profunda de su época, esa intrahistoria que conformaba su visión pesimista de la vida. ¿Qué ha sido de aquélla nación de principios de los 30, federal y que abogaba por la libertad? Hoy la España profunda sigue más candente que nunca abogada al patriotismo absurdo y a un nacionalismo más radical que el que profesan las comunidades históricas. Sí, porque ¿Quién es más separatista, sino todo aquel español que se aferra a una lengua y a una sangre común para argumentar el sentimiento patrio? El Estado es lo que el pueblo decida, la soberanía popular está por encima de todo poder y el Estado lo conforman todos los ciudadanos que deseen construir el futuro. De otro modo el Estado se convierte en una ser inerte, involutivo y carente de sentido. Soy español por arbitrariedad al igual que lo es la lengua, soy español aunque no lo elegí desde un primer momento, pero ante todo soy ciudadano de la Tierra por muy tópico que parezca.
La España profunda me duele con su catolicismo y su patriotismo. Preparaos para el mestizaje, para el día en que España no será España, para el día en el que el 14 de abril la bandera tricolor vuelva a ondear como símbolo de libertad para una república global y yo pueda recordar a mi único Dios, mi abuelo, enarbolando una tela a lo largo de las calles. Ahora discúlpenme, el tren ha llegado a la estación y voy a reclamar mi dinero porque no he podido terminar de ver la jodida película del video.
No hay comentarios:
Publicar un comentario